Una exautoridad en TIC criticó a su nuevo par en el cargo por no tener redes sociales y no poder “intercambiar criterios” mediante este medio. Los usuarios de Twitter le observaron su segada mirada de la tecnología, como si tener un perfil en redes sociales fuera una condición “sine qua non” para hablar del tema. Le observé que cuando era autoridad, lanzaron a los profesores al agua (en plena cuarentena) con pocas habilidades digitales, escudados en alianzas con grandes empresas tecnológicas pero sin una base pedagógica virtual, y que terminaron clausurando el año escolar a tropezones.

Me bloqueó por supuesto. Parece que no le gustó “Intercambiar opiniones”.

Este año comienza con incertidumbre. Tal vez la palabra digital todavía nos queda grande. Tal vez no hemos entendido exactamente qué significa el proceso educativo. Ahora entiendo por qué, en su momento, la “revolución tecnológica” fue entregar computadoras a colegios y profesores. La pandemia, para bien o para mal, ha desnudado la precariedad de tales políticas. ¿Dónde están las Kuaa? Guardadas en algún depósito, mientras los estudiantes mendigan algún equipo para conectarse a clases. De internet, ni hablar. Aunque los planes de megas de “la” empresa de telecomunicaciones es un paliativo inicial, los telecentros y la teleeducación quedaron solo para el informe de gestión. La cojera digital de un país que colocó un satélite en órbita.

Podemos deshacernos en preguntas para indagar sobre el estado de la educación en Bolivia y revisar los rankings, estudios y cuánto indicador exista al respecto. Pero una cosa es cierta. Los profesores son la punta de lanza en este combate por una sociedad mejor. Miles de veces se repite el mantra de que “falta educación” a todo nivel, cuando se evidencia alguna falta. Y sí. Queremos arreglar todo invocando a la oh poderosa educación para maldecir a quien se pasa en rojo o comete un homicidio. Y todo lo malo que sucede en el medio. Es la eterna salvadora en el imaginario.

¿Pero realmente creemos en la educación o solo la usamos como placebo de nuestras pequeñeces? Recuerdo una escena ochentera del colegio. Una madre jalando las patillas de su pequeño hijo delante del profesor, autorizándolo a proceder de la misma para que “se porte bien y haga las tareas”. Pobre Lobatón. Tres décadas después son los mismos padres quienes desautorizan a los profesores e imponen sus criterios. Y no estoy hablando solo de colegios. Me creerían que hay universidades que tienen una plataforma para que los padres vean las notas de sus hijos, mayores de edad y hábiles por derecho. “Parece quinto medio” diría un viejenial como yo.

Vuelven las clases. Ya no pido aplausos ni admiración por la abnegada tarea de los profesores, ni hablar de su salario. Si el presupuesto de Defensa fuera usado en Educación seríamos potencia mundial, pero esa es una conversación que Bolivia todavía no está dispuesta a tener. Pido un poco de respeto, y que les dejen hacer su trabajo. El trabajo sucio de tener que abrir los ojos de sus alumnos a un mundo ignoto, seducido por el pensamiento mágico, cuasi medieval y ausente de todo pensamiento científico.

Que los profesores cambien a nuestros hijos. Que les quiten la maldición de “ser así nomás” y que empiecen a ser el futuro del que tanto hablamos. Por favor.