Hace un año la pequeña ciudad italiana de Codogno asustaba al mundo como el primer gran foco de coronavirus en Europa: «Llegó como un meteorito», recuerda su alcalde, Francesco Passerini, acomodado en la calma relativa que da la experiencia en la batalla y, sobre todo, la llegada de la vacuna.

«En la noche entre el 20 y el 21 de febrero recibí la llamada del director de la Cruz Roja de Codogno y me dijo que había más de cien casos esperando ser confirmados. Más que una avalancha, llegó como un meteorito», sostiene en una entrevista con Efe.

Codogno se enteró aquel día de que uno de sus vecinos se había contagiado con el «nuevo» coronavirus: era el primer caso autóctono, no importado, hallado hasta la fecha en Italia y Europa, aunque luego se supo que los no diagnosticados venían ya de antes.

La primera decisión fue cerrar todos los espacios públicos de esa localidad del norte Italia, a unos 60 kilómetros al sur de Milán, y un día después el Gobierno creaba la primera «zona roja».

Se trataba de diez municipios de Lombardía y otro del Véneto con 50.000 personas que quedaban confinados, una medida hasta entonces inédita en Occidente, pues solo se había replicado en China.

El alcalde tenía 35 años cuando tuvo que capear una de las peores crisis que se recuerdan desde tiempos de la guerra. «Si dejo de fumar me comería los dedos», se excusa al entrar en su despacho, impregnado por el olor a tabaco.

«Pensar que algo así esté en una comunidad de 16.000 habitantes da miedo», apunta el regidor de la ultraderechista Liga a un año de distancia de aquellos trágicos eventos.

Su primera orden la mañana del día 21, viernes de carnaval, fue cerrar los lugares públicos. «Aseguro que es algo que no querrías hacer jamás», murmura.

Antes de emanar unas disposiciones sin precedentes, releyó el documento varias veces: «Era un texto demasiado simple para ser una de las máximas medidas que un alcalde puede ejercer».

Después vino lo peor, el torrente de contagios, el temor de ser los «elegidos», el único sitio al que el virus había logrado saltar desde el extremo Oriente y, sobre todo, los muertos.

Para dar una idea de la dimensión, explica que en marzo del año pasado, en los peores momentos de la emergencia, Codogno enterró a 154 personas, mientras que un año antes habían muerto 45 vecinos. «Son tres veces más, se me pone la piel de gallina», subraya.

Por aquel entonces las funerarias estaban saturadas y en los cementerios trabajaban a destajo. Tal es así que el pueblo tuvo que acumular féretros en la Iglesia del Cristo.

A este luto había que sumar el miedo al estigma: «Al principio parecía que Codogno era la causa de toda una serie de contagios por toda Europa», denuncia.

Antes de que todo precipitase, el municipio, en el corazón del motor económico italiano, había logrado levantar cabeza tras la crisis de la pasada década y su industria iba viendo en poca con un polígono con 1.700 empresas y multinacionales.

Pero ahora, aunque la situación sanitaria ha mejorado muchos de sus convecinos están con el agua al cuello por los parones productivos, sobre todo los comerciantes y restauradores que en el último año solo han abierto «tres o cuatro meses».

Por eso cree que el Estado debe otorgar medidas extraordinarias a la espera de que se inviertan los 209.000 millones de euros que Italia recibirá desde la Unión Europea en su Plan de Recuperación.

El alcalde se ríe antes de responder sobre las ayudas prometidas por el ex primer ministro Giuseppe Conte: «Exageraría si digo que ha llegado el diez o el quince por ciento», ironiza.

Passerini, con su banda de alcalde doblada sobre la mesa, muestra con orgullo un retrato con el jefe del Estado, Sergio Mattarella, a quien cubre de elogios (no tanto al ex primer ministro Giuseppe Conte).

El alcalde, que no se ha contagiado, presume de que todo marcha según lo previsto con el plan de vacunación y celebra la llegada del compuesto como «la bomba atómica» en esta guerra contra el virus.

En el futuro más próximo, atisba las elecciones de la primavera en las que tratará de revalidarse para la afrontar la recuperación y defender su gestión, pues tiene «la conciencia tranquila».

Aunque, eso sí, será la última vez que este antiguo trabajador de Seguros se presente, o eso promete ahora.