En el 2019, cuando el mundo era normal, y poco antes de que ciudadano chino se almorzara un murciélago, el destino me regaló mi primer viaje a Europa.

Los 26 días de recorrido quedarán escritos en la columna de los momentos felices de mi vida. Pero últimamente un recuerdo específico me da vueltas la cabeza.

Sucedió en Venecia, cuando me agarró el capricho por visitar la Basílica de Santa María de la Salud, en medio de una agenda apretada y mi grupo de viaje renegando por tantas velas y altares que ya habíamos visto.

Esta basílica empezó a construirse en 1631, cuando Venecia fue declarada libre de la peste, tardaron 70 años en terminarla y desde entonces hasta ahora, cada 21 de noviembre, una procesión de fieles llega hasta el lugar, para honrar la memoria de esa trágica epidemia que arrasó con Europa. Estar ahí me conmovió de una manera inusual. Me arrodillé imaginando la impotencia y el dolor de todas esas almas que sucumbieron a una muerte que llegó arrasando como el huracán; me estremecieron las pinturas de David y Goliat, donde la parca se representa inmensa, poderosa y temible.

Quizá las tripas de mi intuición (tan cuenteras siempre) se adelantaban avisándome que meses más tarde, y después de 400 años, veríamos la muerte campearse soberbia, vestida de una pandemia que jamás nos hubiéramos imaginado vivir.

La humanidad ha lidiado tantas veces con pestes, y enfermedades masivas y contagiosas que estaría bueno aprobáramos el examen:

  1. la vida es frágil,
  2. no somos perennes,
  3. la omnipotencia no es gentil. La imponente Basílica de Santa María de la Salud así lo atestigua.

Esa calurosa tarde de agosto en Venecia, salí del templo pensando: “al final la muerte nos igualará a todos, lo que nos diferencia es cómo elegimos vivir la vida”