Ver debates políticos en la actualidad es insulso y no debería serlo. Aquí debería terminar el artículo si no fuera porque este asunto tiene más importancia y ramificaciones de la que quieren darle, siendo solamente un botón de muestra de la falta de formación política en Bolivia.

Por definición, un debate requiere mínimamente intercambio de argumentos que expliquen las posiciones. Mínimamente, claro, porque no se trata solo de eso. El debate, según Patrick Charaudeau, además debe contar con un cuerpo a cuerpo dialectico en el cual se espera como mínimo respuestas a las interpelaciones políticas- ya que estas determinan el buen uso del margen discursivo. Es decir, implica que tomen provecho de esos espacios para no preocuparse solo del adversario sino de amplificar su mensaje. El objetivo real no es convencer a tu contrincante, sino a tu audiencia. Pero la infantilización a la ciudadanía es tan grande, que candidatos y candidatas no consideran la importancia de este recurso. Por eso tenemos debates previos a las elecciones en los cuales no se (siquiera) discute asuntos relevantes para la ciudadanía y no se intercambian posiciones de sus propuestas. Está claro que nosotras como ciudadanas y ciudadanos, merecemos más que la clase política que nos ha tocado.

Ahora, la calidad de los debates nos muestra un poco de lo que sucede detrás del telón y representa a las estructuras de los partidos políticos que parecen basarse en realidad en amiguismos y favores intergeneracionales de familias de intereses. Como afirma Levitsky, la debilidad organizacional de los partidos políticos tiende a reflejarse en el sistema político, por lo cual la calidad de los partidos políticos y su organización interna, debe importarnos tanto como el funcionamiento del Estado- por que emanan el uno del otro. De ahí también el vergonzoso rol de la oposición en Bolivia que no cumple el rol mínimo de balance de poderes y control político dentro del Estado. En su lugar, tenemos a diputados cuyo mayor mérito ha sido ‘crucificarse’ en un acto desesperado de llamar la atención de quien luego le llamaría para ser candidato. Tenemos una oposición que trabaja de manera descoordinada, lo que deriva en que no tengan un peso político real y cada cinco años, usen el mismo discurso una y otra vez. Para muchas personas, este es el motivo de su desagrado de la política, pero en realidad lo que les desagrada es como estas dinámicas se filtran en el funcionamiento del Estado.

Por eso si buscamos tener mejores políticas públicas, debemos antes mejorar la clase política; y para eso debemos contar con formación política. Esto requiere en primera instancia, que la formación política se conforme como base intrínseca de nuestra sociedad a través de la educación. Muchos países, entre ellos Alemania, han optado por esto y múltiples estudios se han realizado sobre los impactos de esta, en la ciudadanía y su entendimiento de la política. Una formación política real basada en competencias permitirá formar una ciudadanía democrática crítica que se apropie de la exigibilidad de las responsabilidades de la clase gobernantes y que potencialmente pueda formar parte de la clase política.

Entonces para lograr mejorar la clase política, la estructura organizacional de los partidos políticos y, por ende, el funcionamiento del Estado, debemos romper con la idea de que todo lo relacionado a la política es sucio. Debemos entender que la política esta presente en cada una de las áreas de la vida. Desde lo que comemos (o no), hasta la ropa que usamos. Y salvo no estén interesadas en tomar decisiones sobre sus propias vidas, la política es asunto e interés de todas y todos. Y debe ser tratada como tal: como un asunto que debe ser enseñado en las escuelas de manera crítica, en los medios de comunicación con expertos y expertas que verdaderamente estén preparadas para analizarla, y en reglamentos que hagan efectiva una verdadera organización partidaria en Bolivia.

Por: María Belen Luna Sanz