Donald Trump, una bala esquivada por el mundo que olvidó que no se puede ejercer la presidencia a fuerza de llantos y patadas, menos aún perpetuarse en ella.

El pasado 6 de enero, Donald Trump dio un discurso inflamatorio frente a una multitud de fanáticos suyos. Diciendo que la elección le había sido robada, instigó a sus seguidores a no aceptar los resultados, y los incitó a marchar hacia el capitolio. La multitud obedeció entusiasta. Allí, a pocas cuadras, el congreso ratificaba la victoria de Joe Biden. Lo que al principio parecía ser una protesta, rápidamente se convirtió en una revuelta violenta. La turba sobrepasó a la escasa policía, vandalizando el edificio y forzando al congreso a interrumpir su sesión.

Este bizarro evento, que pareció sacado de una película, hace de dramático final a una turbulenta presidencia. Pero, de manera más importante, simboliza y pone en perspectiva los últimos cuatro desastrosos años de la política estadounidense que llegan pronto a su fin.

Al instigar a sus fieles a interrumpir el proceso democrático para mantenerse en el poder, Trump desató en Estados Unidos una verdadera crisis constitucional

No es ningún secreto que Trump ha profesado desde el principio una admiración por el arquetipo del líder autoritario. No hay más que fijarse en sus amigos, como Vladimir Putin, presidente de Rusia, Kim Jong Un, lider supremo de Corea del norte, y Mohammed Bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita. Todos ellos son líderes con largos historiales de violaciones a los derechos humanos. Trump no acabó convirtiéndose en el dictador de Estados Unidos, como muchos temían. Ello se debe principalmente a dos razones.

Una tradición democrática tan antigua como el país mismo

La primera es que Estados Unidos es un país con una tradición democrática tan antigua como el país mismo. Sus instituciones democráticas están consolidadas de manera sólida y estable, lo que las hace resistentes; Trump ha sido incluso comparado con Hitler debido al discurso racista y populista del que hace eco, y al hecho de que ambos llegaron al poder democráticamente. La diferencia entre ambos casos es que la democracia en la que Hitler ascendió al poder era extremadamente joven y el país estaba en constante caos social y económico. Trump, por el contrario, gobierna la democracia continua más antigua del mundo; Un país cuyas instituciones democráticas son sólidas es menos vulnerable al extremismo político e ideológico.

Donald Trump es un idiota

La segunda razón es menos evidente, pero es quizás la más importante: Donald Trump es un idiota; El expresidente obtuvo siempre lo que quiso a fuerza de berrinches y sobornos, y pensó que la presidencia no sería diferente. Olvidó, sin embargo, que no se puede ejercer la presidencia a fuerza de llantos y patadas, menos aún perpetuarse en ella. La enorme cantidad de gente que le es ciegamente devota es un factor que Trump no supo usar a su favor. En lugar de hacer que se rebelen contra el uso de los barbijos, un aspirante a dictador más listo quizás habría sacado provecho de la fidelidad irracional y la predisposición a la violencia por la que esa gente se caracteriza. Entonces sus intentos por desestabilizar el sistema democrático podrían haber tenido más éxito.

En cuanto a aspirantes a dictadores, Trump fracasó en su intento de quedarse en el poder debido a su propia estupidez e inmadurez. En ese sentido, Donald Trump ha sido una especie de bala esquivada para estados unidos y para el mundo.

Con la turba que invadió el capitolio tenemos una alegoría perfecta de su presidencia; entró porque podía, una vez allí, no supo qué hacer ni cómo hacerlo, y a su paso dejó una mancha imborrable en la reputación de su país. Pero su presidencia debe recordarnos que la libertad no es gratuita, y la democracia, cuando no se la nutre, se marchita y se vuelve vulnerable. Si, con el fracaso de su intento de permanecer en el poder, Estados Unidos ha esquivado una bala, ahora queda permanecer alerta para cuando venga la siguiente.