En cada uno de los países del mundo se está apelando a la capacidad de resiliencia para enfrentar la crisis e intentar salir airoso. No es posible desperdiciar ninguna oportunidad para buscar alternativas que nos den respuestas positivas.

En días pasados hemos enfrentado un acto de barbarie colectiva que debemos repudiar. Se podrán expresar razones históricas; posiblemente, que existen dificultades e incumplimientos administrativos. Es posible. Sin embargo, ninguna explicación justificará el acto de violencia que ha recorrido el mundo para vergüenza nacional.

Habrá que hacerle recuerdo a quienes dirigieron esas conductas en los dos departamentos con mayores índices de pobreza y migración rural de Bolivia, que es precisamente el punto de mayor importancia turística boliviana, el que ha merecido la mayor inversión de recursos del Estado para posicionarlo a nivel mundial y sirve de ícono internacional; justo en ese sitio es en donde las prácticas piromaníacas se han explayado con una eficacia digna de mejor suerte produciendo un daño no solo sobre el territorio en disputa sino sobre todo el país.

Estamos trabajando en el territorio nacional para posicionar dificultosamente nuestra geografía como un destino a ser tomado en cuenta, al mismo tiempo que el mundo hace lo mismo. Ofrecemos lo auténtico, lo natural, lo sostenible, lo humano, la calidez del boliviano y en medio de todo ello, aparecen unos personajes que pensábamos extinguidos en la noche de los tiempos, para ganar una notoriedad que ignora el daño que ha causado.

Tarabuco, Toro Toro, Tumichucua, Rurrenabaque, las pinturas rupestres de Roboré, el valor histórico de Villa Montes, los Yarituses, los Macheteros, las orquídeas de Concepción, compiten en absoluta desventaja por distancias, condiciones y decisiones gubernamentales frente a la belleza extraordinaria del salar de Uyuni. ¿Cómo podríamos hacerles saber a esos personajes el perjuicio monumental que han provocado? ¿Tendrán idea mínimamente de las consecuencias nefastas de sus actos?

Simultáneamente a eso, y estrujando la creatividad y la inteligencia, en los territorios de nuestra extensión geográfica la gente debe inventar formas para que los atractivos adquieran alguna notoriedad. Festivales gastronómicos, encuentros simbólicos, pascanas creativas, conciertos en la selva, caminatas por parajes mágicos, rutas del vino, del queso, del achachairú, ascensos a montañas, pruebas ciclísticas, avistamientos de aves… ¡Qué desprecio a las necesidades y a la creatividad de nuestro pueblo!

Estamos descubriendo una nueva posibilidad para el turismo con el café, que adquiere cualidades excepcionales, en lo productivo y en lo simbólico; el café le confiere al departamento de La Paz el ser depositario de la unidad nacional al producir el 96% y de ofrecer una calidad y un sabor reconocido en el mundo. Todo ello, producto de trabajo cotidiano, de sacrificio humano, de inversión de riesgo… mientras el salar, imponente, único, sobrecogedor, solo necesita ofrecer las condiciones para que el planeta vaya a visitarlo; mientras, al mismo tiempo, unos pirómanos juegan con su destino y con el nuestro. ¡Qué ironía!

Aprovechemos la lección y hagamos algo contra la violencia. Detengamos esta irracionalidad y que quienes la practican, queden en ridículo.