El barrio de «ultralujo» de Hudson Yards, en Nueva York, ha cambiado el que iba a ser un brillante futuro por un presente sombrío desde que comenzó la pandemia después de varios suicidios en una atracción turística, una ola de bancarrotas en sus tiendas y un éxodo de vecinos, que lo han convertido en símbolo de una arquitectura a la que la covid-19 puso en la picota.

El mayor proyecto inmobiliario de la historia de Estados Unidos, 25.000 millones de dólares en terrenos reclamados a unos grandes talleres de trenes a la orilla del río Hudson, no tiene el lustre que prometían sus promotores, con plazas, tiendas y oficinas vacías por el impacto de un año de pandemia, pero, según los expertos, también por una arquitectura rimbombante, pensada para millonarios y desconectada del resto de la ciudad.

ARQUITECTURA DE PREPANDEMIA PARA LA POSPANDEMIA

La pandemia ha sacado las vergüenzas de un proyecto que Michael Kimmelman, el influyente crítico de arquitectura del diario The New York Times, resume como «una reliquia heredera de la manera de pensar de la década del 2000, desprovista de diseño urbano y que rechaza integrarse con en plano de la ciudad».

«Hudson Yards no se acerca al logro del Rockefeller Center, un proyecto corporativo con espacios públicos comparable. Alguien que no ha pisado Nueva York llega al Rockfeller y entiende el espacio inmediatamente; sabe dónde está, adónde dirigirse; en ese sentido es un diseño humano. En Hudson Yards el espacio es superfluo, laberíntico y sin un estilo arquitectónico claro. Es una ameba sin forma», explica en entrevista con Efe el profesor de Arquitectura Americana de la Williams College, Michael Lewis.

El hecho de que en el corazón del Hudson Yards se asiente un centro comercial idéntico en su diseño a los muchos que han ido cerrando por todo el país, víctimas del apocalipsis del gran comercio minorista, da una idea de ese pensamiento urbanístico del pasado.

En el interior de ese reluciente centro comercial, varios de sus inquilinos no pasan por su mejores momentos de solvencia: Neiman Marcus ha abandonado en menos dos años sus 18.000 metros cuadrados de tiendas que ocupaban varias alturas tras declararse en bancarrota, y Muji está en otro proceso de quiebra en EE.UU.

En la era de Instagram y del turismo masivo en Nueva York (más de 66 millones visitaron la ciudad en 2019, un número que no espera recuperar hasta 2024 por el coronavirus), Hudson Yards, con su flamante observatorio Edge, el más espectacular mirador de Manhattan que sobresale entre torres de cristal y acero, eran un imán de curiosos.

Pero este invierno, el centro de Hudson Yards parece un gigantesco cristal de cuarzo en el que cientos de operarios trabajan día y noche para sacarlo de una inesperada edad de hielo y devolverlo a una ciudad que lleva un año en una inusual quietud.

«The Vessel», un nido de metal cromado que ofrece a los turistas subir unos ocho pisos de escaleras hasta su cima, ejemplo de la «arquitectura de Instagram», está clausurado indefinidamente después del tercer suicidio en menos de un año y a la espera de que los consultores es este tipo de muertes entreguen una nueva propuesta a los promotores del complejo, Related Companies y Oxford Properties.

La atmósfera triunfalista del megraproyecto, aún sin terminar, se ha disipado con el fin del turismo masivo y el teletrabajo, que convierte a los elegantes guardias de los ascensores en rascacielos como el de la 10 Hudson Yards en los más conspicuos ocupantes de centros de oficinas que acogen a firmas como Facebook, SAP, BCG o L’Oreal.

«El Mercado» del conocido restaurante «Little Spain» intentaba atraer la semana pasada a una exigua clientela con un especial por San Valentín: paella para dos a 120 dólares, si bien la noche romántica la ponía el comensal, porque el arroz llegaba sólo a domicilio.

Centenares de los nuevos apartamentos de lujo, cuyo precio va de los 4 a casi 60 millones de dólares, siguen sin venderse y el año pasado consiguieron compradores para sólo varias decenas de ellos, cinco veces menos que las ventas de 2019, cuando el proyecto apuntaba alto.

Hudson Yards, una extensión de vías muertas equivalente a más de seis manzanas, comenzó a tomar forma con la fallida candidatura de Nueva York a los Juegos Olímpicos de 2012. En lugar de acoger aquellas instalaciones, el proyecto trasmutó de la mano del exalcalde Mike Bloomberg en un plan no visto en la ciudad desde la construcción de las Torres Gemelas en los 70.

LA CIUDAD EXCLUYENTE

El proyecto de «ciudad inteligente» de este idílico West End mezcla rascacielos de apartamentos de lujo, tiendas de marcas como Cartier o Fendi, un centro de conciertos y espacio de oficinas para empleados que se encuentran en la cúpula salarial de Nueva York.

La última fase incluía la creación de zonas verdes y públicas frente al río Hudson, una de las zonas que la ciudad está revitalizando para volver a atraer a visitantes y residentes, claves para reflotar el presupuesto de la ciudad tras la covid-19, que se cebó la pasada primavera con la «capital del mundo».

Hudson Yards es el mayor proyecto de la historia del país en el que se utilizan recursos públicos y subsidios para promover una revitalización de una zona deprimida con la promesa de que ese desarrollo privado impulsará el mercado inmobiliario en el resto de la ciudad y a la larga reportará más ingresos a las arcas públicas.

Según explica a Efe Bridget Fisher, directora asociada de Centro Schwartz para Análisis de Política Económica, el sistema de incentivos fiscales para este proyecto multimillonario está pensado para que no se vea afectado por recortes que sí amenazan a la sanidad, las escuelas o el transporte.

«Incluso en un momento de crisis como el actual apoyar a un vecindario llamado ‘la ciudad de fantasía de los billonarios’ tendrá prioridad. El ayuntamiento decidió asumir el riesgo del proyecto y ahora tenemos una economía vulnerable para el sector comercial y de oficinas», señala Fisher.

«Yo creo que se arriesgan a la bancarrota, pero al final dependerá de si la gente acepta esta nueva parte de la ciudad y acude a ella», apunta Lewis.