El escritor israelí David Grossman considera que, ochenta años después, el Holocausto sigue dictando los comportamientos de su país, tanto en la esfera pública como en las facetas más íntimas de cada individuo.

«Israel fue creado tres años después de la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, la vida estaba inmersa en tragedia. Y hasta hoy, casi ochenta años después, la tragedia del Holocausto sigue dictando nuestros comportamientos, tanto en la esfera pública, en la ideología, en las conductas militares, como hasta las cosas más personales e íntimas de cada individuo», dijo Grossman al presentar hoy en España, en una rueda de prensa telemática, su novela «La vida juega conmigo».

Preguntado por la relación entre la identidad y la tragedia, este escritor, que figura habitualmente en la lista de candidatos al Premio Nobel, reflexionó sobre cómo en Israel se puede recordar el Holocausto «sin que le aplaste una vez mas y sin volver a ser victimas de nuestro propio odio y sentido de venganza».

Y cree que hay dos formas de recordar la tragedia: una de manera científica, investigando y recopilando datos y, otra, a través de las artes.

Grossman (Jerusalén, 1954), quien forma parte de un comité que debate vías de entendimiento entre los pueblos israelí y palestino, se pronunció también sobre los tratados entre Israel, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán, entre otros países árabes, y aseguró que es algo importante, pero no suficiente.

«Tenemos que llegar a la paz con los palestinos, este es el reto que tenemos como isralíes. El tratado de paz de Baréin no es suficiente, sino que se necesita un tratado de paz como seres humanos entre israelíes y palestinos», destacó.

Cree que no es posible que dos pueblos que «se han demonizado» durante tantos años puedan constituir un Estado político.

En «La vida juega conmigo», Grossman habla de las relaciones materno-filiales y de lo que ocurre cuando el amor de una pareja se impone al amor supuestamente connatural de una madre a su hija. Y lo hace basándose en una historia real, la de la judía croata Eva Panic Nahir y su hija.

En la Yugoslavia de Tito, Eva Panic eligió ser leal a su marido, que murió en un interrogatorio, y no quiso declarar que era un traidor, por lo que el régimen la castigó a un campo de reeducación en la que se conocía como Isla del Tormento, en el cual murieron casi 5.000 prisioneros políticos.

En la novela, el personaje de Vera, inspirado en Eva Panic, se enfrenta de esta forma a cómo «traicionó» a su hija al tener que abandonarla de niña por ser enviada al campo de Goli Otok, uno de los más sórdidos e implacables gulags de Tito.

Eva Panic, quien falleció en 2015, llamó por teléfono un día a Grossman y le contó su historia, una mujer a la que el autor recuerda «sólida como una roca» y como una persona que «no estaba dispuesta a venderse a ningún precio».

«En los veinte años que han pasado -desde que le contó su historia a ahora que ha escrito la novela- traté de entender qué le había llevado a tomar esa decisión. No estoy convencido de que lo que hizo fuera lo correcto, pero en esa época los valores y las ideologías eran más importantes que las personas», añadió.

Para Grossman, «cuando uno escribe deja de ser una víctima y uno llama a la realidad con su nombre», algo que, reveló, ha sentido también en este libro.