Acabo de leer la última entrada del blog de la poeta mexicana, Julia Santibáñez, “Por qué prefiero leer en papel”, en el que ella, a través de una garabateada dedicatoria, que ni recuerda quién se la hizo, justifica su preferencia por el libro físico frente al digital. Santibáñez afirma que: “La cualidad física de un volumen cuenta mucho para mí. Quizá por eso no le he dado el golpe a la lectura digital. Aunque entiendo las ventajas de los ebooks y que su contenido es igual al de un impreso, el continente no lo es: el cuerpo de un libro conserva migajas mías y de otros, como la flor del sepelio de mi hermano o la dedicatoria de una Gabriela, incluso si ya la olvidé”.

Esto de las “migajas” del lector tiene que ver con aquellos subrayados que hacemos cuando leemos y las notas al margen o a pie de página, que vamos sembrando en las páginas que recorren nuestros ojos. Estos vestigios de nuestro paso por el papel impreso, son una huella personalísima como lectores; porque leer nunca es un acto pasivo, es un permanente diálogo con el autor; y esta conversación, además, tampoco es definitiva. Cuando, después de algunos años, volvemos a esas hojas —ya amarillentas—, descubrimos que las notas que hicimos, no tienen el mismo sentido, porque ni el texto original, ni nosotros, somos los mismos. Y si es un tercero el que descubre nuestros apuntes, podría intentar descifrar quiénes fuimos en ese tiempo, y qué tanto hemos cambiado.

El continente de un libro de papel que regalamos, compartimos o recomendamos, frente a una insípida pantalla digital, tiene infinitos mensajes latentes, que consciente o inconscientemente, se convierten en poderosos gestos de acercamiento, comunicación e intimidad con quien los recibe. Irene Vallejo señala que “cuando unas páginas nos conmuevan, un ser querido será el primero a quien hablaremos de ellas. Al regalar una novela o un poemario a alguien que nos importa, sabemos que su opinión sobre el texto se reflejará sobre nosotros. Si un amigo, una amada o un amante coloca un libro en nuestras manos, rastreamos sus gustos y sus ideas en el texto, nos sentimos intrigados o aludidos por las líneas subrayadas, iniciamos una conversación personal con las palabras escritas, nos abrimos con mayor intensidad a su misterio. Buscamos en su océano de letras un mensaje embotellado para nosotros”.

 Son tan sorprendentes los hallazgos que contienen los libros impresos que, incluso, las fichas del lector guardan historias. Tenemos en mi oficina, hace más de una década —junto a mi esposa—, una biblioteca que sigue creciendo con los años, abierta a nuestros amigos, con la intención de que los libros circulen y puedan ser aprovechados por quienes quieran. Para una investigación que estoy haciendo, fui a mi biblioteca a traer a casa el libro “El último lector” de Ricardo Piglia, y cuando comencé a releerlo, encontré algunos trazos y comentarios —a lápiz—, que, reconocí, no eran míos. Cuando fui a revisar la ficha del lector, que está inserta en la retira de la contratapa, la letra de quien fuera mi asistente y bibliotecaria, hace un buen tiempo atrás, consigna el nombre de dos amigas escritoras que, en diferentes momentos de 2009 y 2010, se llevaron prestado este libro. Según este registro, una de ellas, la desaparecida poeta, Emma Villazón, fue su última lectora.