La pandemia ha desnudado la fragilidad de muchos líderes. Otros han surgido como grandes estadistas. Ninguno ha superado, sin embargo, a Jacinda Ardern la Primera Ministra de Nueva Zelanda que logró lo imposible, retornar a la vida normal con una estrategia política enteramente humanista.

Nueva Zelanda vive en un universo paralelo creado por su primera ministra, Jacinda Ardern. Los barbijos no son necesarios desde septiembre de 2020, sus habitantes disfrutan de pequeños conciertos de música en ambientes cerrados, de restaurantes, cines y aunque parezca contradictorio la gente muere menos. No se han registrado contagios desde noviembre y sólo 25 de sus casi 5 millones de habitantes han perecido por el virus que azota al mundo.

Brasil también ha creado un universo paralelo, un infierno, en el que reina el falso mesías, Jair Messias Bolsonaro. 213 mil brasileños aproximadamente perdieron la vida debido al Covid 19 y, según la reciente denuncia de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de São Paulo“A una estrategia institucional de propagación del virus promovida por su propio gobierno”.

Ante el dilema de la primera ola de Covid19 y cuando el planeta solo quería lograr aplanar una curva exponencial de contagios, Jacinda decidió que no era suficiente como propuesta de su gobierno porque significaría la muerte de miles de personas. Desde el inicio de su plan de gobierno, la primera ministra neozelandesa se propuso eliminar el virus de su territorio.

Según el British Medical Journal la estrategia de “eliminación” se usa en casos de enfermedades serias que provocan la muerte o tienen un riesgo de muerte elevado es decir, polio, viruela, sarampión o Ebola. Las medidas adoptadas son radicales y por lo mismo, costosas. La cuarentena estricta puede rebotar en desempleo, recesión económica y baja popularidad. Por eso, muchos gobiernos, conscientes de los efectos negativos prefirieron emplear el modelo de la supresión que significa acciones moderadas para frenar los contagios.

Para Jair Bolsonaro, la eliminación del virus no fue nunca una opción estratégica, tampoco la supresión, por el contrario y a pesar del fracaso del Reino Unido en el intento, el mandatario brasileño buscó la inmunidad de la manada en la más cruda reproducción del concepto. Mientras Jacinda dirigía una conferencia de prensa de más de 50 minutos explicando minuciosamente a su país que arriesgaría todo para salvar la mayor cantidad de vidas; Bolsonaro, exponía molesto la misma semana que (la pandemia) no era el fin del mundo y que lo que estaba mal era la histeria de la gente”. “Una nación como Brasil estará libre cuando determinado número de personas se contagie y cree anticuerpos” exaltaba.

Y así, Ardern cerró sus fronteras al virus letal, mientras Bolsonaro le abrió las puertas de par en par. Bajo el lema de reanudar la actividad económica a cualquier costo, Jair no solo despreció a la ciencia, sino que lo hizo en base a mentiras, factoides y al absoluto desprecio por la vida. Para octubre de 2020 ofrecía cloriquina e ignoraba la propuesta Pfizer, que garantizaba la entrega del primer lote de vacunas a Brasil para diciembre de 2020. Nueva Zelanda, por supuesto figuraba en la lista de los primeros países del globo que habían cerrado el contrato para su compra.

El liderazgo de Ardern frente a la mayor crisis de salud de las últimas décadas fue firme y rompió con los mitos conservadores frente a las grandes crisis. La impredictibilidad política que suponía la privación estricta de libertad ciudadana pudo tener repercusiones catastróficas en las elecciones celebradas en su país en octubre de 2020, pero su partido, con ella a la cabeza, ganó por mayoría absoluta. La economía neozelandesa que se contrajo visiblemente el año pasado se recuperará este año. Y todo indicador que cuestionaba la habilidad de la estadista de 40 años frente a lo imposible, le dio la razón. Empatía, credibilidad, lucidez en la toma de decisiones, visión y proyección científica, pero por sobre todo el respeto a la vida le dieron forma a un fenómeno político, el Fenómeno neozelandés. 

En el otro lado del tablero, Bolsonaro y su séquito de yes men, condujeron a su gobierno a un posible juicio por crímenes de lesa humanidad acusados no sólo de instalar una narrativa falsa sino de encabezar una estrategia institucional de propagación del virus. “Nadie me va a quitar mi derecho a ir y venir” tuiteó el ocho de 8 de abril el líder del partido a pesar de que la escalada de contagios y muertes por el virus era agobiante. 1. 051 muertes por cada millón de brasileños son el resultado de la irracionalidad de un líder que se creía intocable hasta finales de 2020. Este año, sin embargo, la tasa de desaprobación de su gobierno aumentó ocho puntos porcentuales y llegó al 40 por ciento, en medio del agravamiento de la crisis económica y sanitaria en su país.

Resulta siniestro que como argumenta, el Centro de Investigaciones y Estudios de Derecho Sanitario de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de São Paulo la mayoría de las muertes (en Brasil) pudieron evitarse mediante una estrategia de contención de la enfermedad, lo que constituye una violación sin precedentes del derecho a la vida y del derecho a la salud de los brasileños”.

Maldad, malicia, premeditación, desprecio a la vida son los adjetivos que orbitan en los medios al describir la participación de Bolsonaro contra la pandemia. Jacinda Ardern como expresó al periodista Geoff Blackwell objeta la cadena del odio en su administración ése ha sido un punto de inflexión en cómo se puede entender la política en una crisis sin precedentes.

Bondad, fortaleza y empatía ha repetido Ardern. No temer a la bondad, a la benevolencia, dejar que la empatía sea el hilo conductor de tu trabajo, empatizar con la circunstancia del otro. Ésa probablemente es la cualidad que más necesitamos” afirmó una de las principales líderes de estos tiempos.

Por: Inga Llorenti