Imaginemos a una madre soltera de 50 años. Imaginémosla en su casa, sola, aislándose del virus como indicaron las autoridades. Imaginemos a nuestra doñita pasando sus tardes viendo la televisión, confundida aún con los anuncios de vacunas, de cepas, de tests rápidos y no tan rápidos. Imaginemos cómo extraña los cafecitos o el api con sus amigas, cómo le duelen los obituarios de personas cercanas que no veía desde marzo del año pasado. Imaginemos su soledad, pero cómo aún así, cumple con lo que se le pide y se aísla.

E imaginemos también a su hijo, veinteañero, bonachón. Imaginemos que por el aburrimiento una o dos veces a la semana se da una escapadita con sus amigos. En una de esas escapadas, contrajo el virus por no usar barbijo y lo trajo a casa. Dos semanas después manda mensajes a esos mismos amigos en WhatsApp buscando medicamentos, pregunta por espacio en hospitales en redes sociales, pero ya es demasiado tarde. El hospital no tenía más espacio. Su mamá no pudo vencer al virus. Y él debe vivir su duelo aislado, porque está enfermo también.

Se siente como si estuviéramos viviendo en tres Bolivias. Una en la que los doctores sudan sangre tratando pacientes con recursos que no tienen; los enfermos viven su internación en soledad y miedo al saber que los medicamentos escasean; y los familiares van a extremos de endeudamiento por fármacos como Atracurio o Remdesivir. Otra Bolivia donde las opciones de medicamentos u hospitalización ni siquiera son una opción para familias de escasos recursos, explotadas y olvidadas por el sistema, viviendo su dolencia en casa y llorando sus fallecidos con la impotencia que caracteriza la profunda desigualdad en nuestro país.

Lo que sorprende es, en medio de todo este dolor, la existencia de una tercera Bolivia que parece casi escapar a la historia actual. Una Bolivia donde las “jodas” y los “juntes” no han parado, donde las parrilladas o churrasquitos son necesarios para airearse, donde trucos mágicos promocionados en internet justifican la falta de uso de barbijo. Lo peor es que la juventud boliviana y urbana, aunque no en su totalidad, parece dividirse entre las primera y la tercera Bolivia en una ruleta rusa que escapa la racionalidad.

Se siente como si hubieran tres realidades superpuestas, pero en realidad sólo hay una y basta ver las noticias para entenderlo: Este lunes en La Paz, familiares de pacientes con Covid llegaron al extremo de intentar romper candados y cadenas de un hospital para meter oxígeno y conocer el estado de los enfermos. En Santa Cruz se ha reportado que alrededor del 60% de los pacientes que están en terapia por Covid tienen entre los 21 y 50 años. En Sucre se ha duplicado el número de entierros y cremaciones en el cementerio central, y un gran porcentaje son jóvenes. Esa es la única realidad que existe, lo demás es irresponsabilidad.

Como parte de Ríos de Pie, un movimiento de no violencia, creemos siempre que los jóvenes debemos exigirle a las autoridades nada menos que responsabilidad y excelencia. Pero también creemos que nosotros como ciudadanos y sobre todo como juventud tenemos responsabilidades que cumplir, más aún durante una pandemia. Hoy Ríos de Pie hace campañas de donaciones de plasma hiperinmune en distintas partes del país en coordinación con el banco de sangre. Ayudamos, pero no es suficiente.

Como jóvenes tenemos que dar el ejemplo del país que soñamos tener algún día y eso incluye responsabilidad ciudadana, respeto a la vida de quienes nos rodean y un comportamiento que busque el bien de toda nuestra comunidad, no que lo arriesgue de forma egoísta. No seamos lo que criticamos en los líderes y élites políticas: irresponsables, sobre todo con las vidas de los más vulnerables. Las fiestas pueden esperar, la salud no.