Más de un quebradero de cabeza ha producido el modo en que se vincula lo global y lo local entre los bolivianos. Los anunciantes del mundo abierto, más entusiastas que precisos, dan por evidente que las formas de experimentar la sociedad de la información son similares en Hong Kong como en Montero. La cuestión es, sin embargo, más elusiva. En cuanto se trata de retratar en la narrativa esta forma de habitar el espacio, tanto en el cine como en las letras, se puede rastrear dos formas arquetípicas de respuesta. Por un lado hay un vuelco inclusive telúrico a una singularidad que a veces es ancestral o folklórica y que se solaza en representar el presente como reminiscencia, como testimonio de algo que fue y que sigue siendo a pesar de sus adaptaciones pragmáticas (y a veces cómicas) al presente. El riesgo de esta apuesta es siempre muy grande, advertia Johannes Fabian, cuando se quiere ver el pasado en sujetos que son contemporáneos y cuya conformación como tales se debe a estructuras sociales muy vigentes.

En el reverso de la moneda encontramos las apuestas desembarazadas de lo local, que apuestan por una forma metropolitana de presentar y representar: se sostiene en la premisa de que la historia que se cuenta podría pasar del mismo modo en un lugar u otro sin que se altere sustantivamente. Javier Rodriguez y Pablo Barriga ya habían señalado que ese era uno de los problemas que ciertos realizadores (Boulocq, Bellot, Bastani) habían enfrentado al tratar de manejar códigos y temas globales solo para encontrarse con un auditorio que esperaba de ellos algo más autóctono como valor agregado.

El libro de cuentos de Giovanna Rivero (Montero, 1972) “Tierra fresca de su tumba” logra evadirse de las respuestas arquetípicas mencionadas. Los seis cuentos que conforman el libro logran hilar unos desplazamientos espaciales y unas acumulaciones de experiencia que le dan a la narración un espesor inusual. Sean los dos hermanos huérfanos bolivianos que viven con una tía alcohólica en Canadá o el pescador salvadoreño que migra a las costas mexicanas, en el conjunto de la narración se puede apreciar la mochila de alegrías y padeceres acumulados en el ir y venir, pero además la asimetría de la situación entre los puntos de origen y los de destino. Se trata pues de experiencias atravesadas por el desalojo y la reubicación y las fricciones sociales que ello supone, moverse en el mapa teniendo que llevarse a uno mismo a cuestas.

Posiblemente sea ese desplazamiento el que brinda la clave para desentrañar el mecanismo del conjunto de los cuentos de Rivero, en cuanto el movimiento supone la relación entre dos momentos. Rivero comentó en un artículo académico sobre Tirinea de Jesús Urzagasti que “el pasado guarda las sorpresas más fascinantes” y sobresalta que aquello que valoró en el escritor chaqueño lo vuelca sobre su propia escritura. Es el pasado el que habita y conduce las rutinas de la señora Keiko del cuento “Cuando llueve parece humano”, y los recuerdos de Japón, de la colonia Okinawa y de su difunto esposo vuelven cuando ella se vuelca a los pliegues de origami o al cuidado de sus plantas. Semejante es la situación de la protagonista del cuento “Socorro”, en quien se hila un andar entre Santa Cruz y los Estados Unidos, idas y vueltas, rupturas familiares y amorosas que quedaron como pendientes y vuelven inquietas.

Rivero logra que el espesor de sus historias se sobrepongan al intimismo fastidioso al que no le faltan sus cultores en las letras bolivianas. Los cuentos de “Tierra fresca de su tumba” tienen lugar en escenarios cotidianos e inclusive íntimos, pero no se rinden nunca a una descripción superficial o una acción demorada o anodina -esto último mucho más propio de su novela “96 segundos sin sombra”-. La autora montereña plantea historias que inclusive remontan algunos problemas de sus personajes más modestos y humildes, quienes comparten un léxico y lenguaje poético con las más ilustradas y doctas de sus heroínas; rasgo que rompe la verosimilitud de la narración cuando alguien descrito como semiletrado se manda adjetivaciones bellas pero inauditas. Pero aquello realmente queda eclipsado no por sorprendentes giros narrativos sino por un profundo -como una tumba- y fresco -como la tierra- cuidado de la sucesión de la acción.

Cada uno de los últimos cuatro o cinco años se ha visto recibido con un libro de cuentos de una escritura cruceña. A vuela pluma recuento Nuestro mundo muerto de Liliana Colanzi, La composición de la sal de Magela Baudoin o Los árboles de Claudia Peña, mismos que se anotan sus fortalezas como sus flaquezas. El 2020, año aciago por la pandemia del covid-19, se cerró con la publicación de “Tierra fresca de su tumba” que es una composición sólida que mantiene un listón alto para los libros de relatos que vendran en 2021.

Giovanna Rivero “Tierra fresca de su tumba”. Editorial El Cuervo, 2020

Este escrito se desprende de un estudio más amplio sobre editoriales bolivianas que cuenta con el apoyo del FOCUART del GAMLP en su versión 2020.

Por: Eduardo Paz Gonzales