La vida está hecha de momentos, lo material no es importante. Eso escuchaba una y otra vez y mientras lo hacía se imaginaba una burbuja gigante de momentos coleccionados, de instantes importantes y memoria contenida. Está bien que eso debería tener más valor que las cosas, pero dónde se guardan estos momentos, pensó. ¿Dónde se están? ¿Se puede ir y volver a este lugar de instantes coleccionados y traer de ahí palabras y olores? Seguía mirando el horizonte lleno de árboles que se desdibujaban con el viento otoñal.

No había llegado el medio día y todavía estaba caminando por su casa de pijamas y el cabello agarrado con un lápiz, ordenando todo lo que encontraba a su paso o bueno, casi todo, se detenía justo en eso, en cosas que le llevaban a recordar. Yo creo que las cosas son importantes, pensaba, las cosas despojadas de la necesidad de poseerlas sin sentido, porque las cosas que tienen la capacidad de movernos a otro tiempo o de provocar sensaciones que nacen en medio de las tripas, son las que cuidamos como si se trataran de una extensión misma de nuestro cuerpo, que también es transitorio.

Seguía empujando la hora de comenzar a cocinar, Etta James cantaba desde su biblioteca, el viento no hacía mucho ruido. Seguía pensando en esas cosas que repetimos y que no nos detenemos a pensar. ¿Es necesario? Seguía hablando en voz baja mientras se tomaba el café frío que encontró en una taza. Almorzó casi a media tarde y justo cuando el sol tiñe todo de dorado, salió al jardín. Sólo miraba el horizonte sin dejar de respirar, sin pensar a dónde iría ese momento, sólo viviéndolo sin que quede registro, sin que nadie sepa, sólo ella y la vida (que tampoco sabe si se acordará).

Sólo ella.