Han pasado cinco años desde la primera vez que decidí participar en un campamento de carnaval. Desde esa primera vez, aunque de diferentes maneras, los disfruto mucho y cada año se vuelve más emocionante y más retador. Hago énfasis en el «decidí» ya que por mucho tiempo mi papi y mis tías intentaron llevarme, incluso lo consiguieron, pero no era una decisión placentera que había nacido en las profundidades de mi corazón. A estas alturas del partido ellos pueden sentirse satisfechos sabiendo que al pasar los años su insistencia, acompañada de amor, trajo frutos.

Recuerdo que ese primer año fui con Cristián en brazos, apenas tenía un mes de nacido y sus hermanos estaban de cuatro, cinco y siete años. Todo un reto embarcarme hacia esa aventura con ellos sin saber a ciencia cierta de qué trataba y la verdad es que, si bien iba expectante de lo que pasaría, creía que era más algo de diversión simple y sana o incluso de descanso para algunas personas. Probablemente es así para algunos, pero en mi caso esta idea fue cambiada violentamente y se direccionó hacia un tema de liderazgo. Era mi segundo año y ya estaba dirigiendo un grupo de más de doscientas personas. No tengo ni idea de cómo pasó, pero sabía que me encantaba. Cada año me fui encontrando con un reto diferente y hasta con una visión distinta a la del anterior, experiencias que me enseñaron sobre muchas cosas que quizás ignoraba y que, sin verlo en el momento, fueron puliendo muchísimo mi carácter. ¡Qué tremendo cómo uno puede ser moldeado tanto por medio de actividades que hasta parecen no tener sentido!

Este año, en comparación con los anteriores, el reto estaba en el propósito que le planteé a mi equipo: Reflejar en cada una de nuestras participaciones, en cada juego y ante cualquier tipo de provocación, el carácter de Cristo. Reírnos y gozar a pesar de estar perdiendo (todo un reto para alguien tan competitiva como yo). No elegir a los competidores en las pruebas mirando sólo su capacidad (más difícil aún, porque siempre quiero ganar) si no también viendo la oportunidad de integrar a los nuevos y que encuentren en nosotros una nueva familia, nuevos amigos y darles a conocer un abanico de opciones para que sepan que sí valió la pena haberse alejado del ruido y los excesos de alrededor, pero además de generar un ambiente de unidad trabajando en grupos para ayudar a aquellos que no contaban con el presupuesto para asistir, aprender juntos a poner en acción nuestra fe con diferentes actividades previas al campamento. Convengamos entonces que el campamento no dura los cuatro días de carnaval, son semanas y semanas de trabajo constante. Semanas y semanas que valen la pena.

Volviendo al objetivo de este año, el centro de mi discurso constante fue el carácter, pulirlo de tal manera que ya no reaccionemos conforme actúan los demás sino disfrutar del dominio propio que Dios nos regaló. Siempre le digo a Ronicito que si un perro le ladra él no le va a responder ladrando, ya que no deja de ser un niño (un regalo de Dios, debo decir) sólo por haberse topado con un animal. Eso me funciona muy bien, incluso para frenarme a mí misma en ciertas ocasiones, así que lo reforzaba una y otra vez con mi equipo. No se trata de los demás, se trata de lo que yo doy. Dios no tiene problemas con cumplir los sueños, pero sí los tiene con mi carácter. Si yo no puedo gozar de ese dominio propio en las pequeñas cosas, mucho menos lo voy a hacer con las grandezas que anhelo. Los puntos ganados en un juego no me van a ayudar cuando vuelva a casa y me encuentre con una situación complicada, pero el carácter alineado a Dios, sí.

Mientras avanzaban los días y se intensificaban las competencias yo sólo pensaba en ser ejemplo de lo que compartía (Miss Dominio Propio, más o menos) hasta que llegó el último día de juegos. Uno de los juegos se trataba de remar sobre el pasto y Ronicito pidió participar. Se subió con su amiguito y empezaron la competencia, yo veía que algo no andaba bien. Entre el canto de las barras de los cinco equipos, los gritos de los que querían dirigir desde afuera, las indicaciones de los líderes de otros grupos y los nervios que provocaba tratar de llegar primeros me doy cuenta que ambos remaban del mismo lado y debían ir invertidos, entonces, a voz en cuello empiezo a dirigir a Ronicito. Comienzo con calma a decirle que gire su cuerpo, él me mira a los ojos y me doy cuenta de su temor, pero a voz en cuello y ni suave ni calmada le grito «¡Volcate!» y mi hijo todo asustado se hace una llave de cruz terminando en el mismo lado. Ay Señor, hasta ahí llegó todo, adiós a la calma, la suavidad, banda y corona de Miss dominio propio, carácter… Bienvenida la mamá histérica que vive en mí y comencé a gritar como desquiciada «¡¡Girá todo tu cuerpo, Rony!! ¡¡¡VOLCATE!!! ¡¡¡¡¡VOLCATE YA!!!!!»

Después de unos cinco gritos acompañados por todos los gestos habidos y por haber en mi cara y brazos el pobre Ronicito logra dar la vuelta y sigue avanzando en el juego. Yo me doy media vuelta y salgo de la cancha pidiendo a uno de los chicos que entre a animarlos porque yo estaba a un grito más de la embolia o un infarto. Mis amigos morían de la risa de verme desfigurada y casi sin voz de tanto gritarle, otros morían de la pena con Ronicito y el resto empezaba las bromas sobre lo que había pasado. Terminó el juego y para alivio de mi hijo, ganamos. Todos celebrábamos la victoria, sin embargo, esa vocecita en mi cabeza no me dejaba en paz. Podía escuchar continuamente que me decía «Hasta aquí llegó tu dominio propio, no pudiste contenerte con tu propio hijo, qué vergüenza debe estar sintiendo él de haber sido maltratado frente a todos…» y por un momento me sentí en una burbuja viendo pasar todo en cámara lenta y escuchando sólo esa voz acusándome de haber fracasado no sólo como líder sino como mamá, lo que es peor. No sólo le fallé a mi equipo, fallé en mi maternidad.

Casi perdida en esa voz, veo que se acerca Ronicito y con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro me dice «Buenísima tu técnica, mamá. Si no hubiera sido por esa tu cara que casi me da un infarto no hubiéramos ganado. Te vi y me fui rapidísimo antes de que me mordás, así que de un disparo llegamos a la meta». Me abrazó, me dio un beso y siguió a risas por el campamento. ¡Qué hijo mío y qué hijo de mi vientre! (Esta es una frase que amo y en algún momento se las voy a explicar)

Esa sonrisa, su sonrisa, bastaba para desbaratar lo que estaba pasando en mi mente, pero él lo completó todo con su explicación. Más aún cuando iba de grupo en grupo atacado de la risa contando el secreto de su victoria. Ay, Ronicito, una vez más me descomplicaste la vida.

Las mamás solemos ser muy injustas y acusadoras con nosotras mismas. Tenemos tolerancia cero a nuestras fallas, pero este campamento y, sobre todo, con mi hijo, aprendí algo que me hizo respirar aliviada.

Un error, una falla, un desliz, o lo llames como lo llames, no borra las enseñanzas del día a día con nuestros hijos. No elimina de su disco duro aquello que, con amor, sacrificio o incluso lágrimas hemos enseñado a diario. Hace algunos años atrás me propuse enseñarles a ser positivos en todo, aprendimos que Dios transforma incluso nuestros errores para bien si le creemos, que nuestras palabras tienen poder y si son frases de desánimo las que salen de nuestra boca, en desánimo vamos a vivir y así con muchas cosas que se relacionan con tener una actitud vencedora. Lo que no me había dado cuenta era si funcionó o no, hasta ese día en el campamento cuando mi hijo me lo mostró con su reacción.

Hay cosas que pesan mucho más que errores momentáneos, hay siembras que llevan años enraizándose en la tierra y no pueden ser desterradas por un simple viento, pero mejor aún, el fruto que dan es sobreabundante. Puede ser que no lo veamos en el momento, pero Dios se encarga de mostrarlos a la hora justa.

Las constantes charlas con Ronicito sobre tener una buena actitud ante todo tipo de situaciones fueron esa siembra de tanto tiempo en su mente y en su corazón, el fruto llegó años después de que esa conversación empezará. Quién diría que el fruto de esa siembra traería tanta paz a mi corazón y sería capaz de alejar la culpabilidad que sentía por un error…

Tal cual, como el fruto de hace cinco años, producto de esa siembra incansable de mi padre con respecto a los campamentos. Estoy segura de que ahora él lo puede ver y sonríe como yo lo hago con Ronicito.