Los que creen en teorías de la conspiración junto a los negacionistas —aquellos que rechazan un hecho histórico o una evidencia científica— existieron desde tiempos inmemoriales, y se puede convivir con ellos sin mayores problemas, salvo, cuando sus acciones o inacciones ponen en peligro la vida y salud de otros.

La crisis planetaria del coronavirus ha creado el escenario perfecto para lo proliferación de todo tipo de teorías conspirativas; sumadas a los miedos, dudas e incertidumbres entre la población; y la falta de respuestas definitivas de la propia comunidad científica. Se han juntado todas las peores condiciones posibles para socavar y minar la confianza en las instituciones, academias y gobiernos.

Si uno es, medianamente escéptico, y está expuesto a diferentes mensajes contradictorios que inundan las redes sociales, muchas de las teorías que circulan por ahí pueden aumentar nuestras dudas y hacernos creyentes de teorías conspirativas o convertirnos en negacionistas y no enfrentar la realidad. Dudar es lógico, y hasta saludable, lo que no es válido es seguir obsesionados con nuestras opiniones y prestar atención solo a los argumentos que refuerzan nuestras ideas, cuando la evidencia científica demuestra resultados contrarios a nuestras creencias.

Hay abundantes mensajes y datos que mezclan verdades con mentiras, descontextualizan hechos o declaraciones y filtran creencias y especulaciones que, por lo general, victimizan a una gran parte de la población, lo que las hace aún más creíbles o sugerentes, porque escapan al control de quien las recibe y que podría —en teoría—, verse perjudicado.

Esto explica que todavía haya gente que niegue esta pandemia, que esté en contra de las vacunas, que rechace el uso de las mascarillas, que opine que la tecnología 5G ha provocado todo esto, que crea que habrían gobiernos o industrias farmacéuticas detrás del origen del virus para ganar dinero, que es una arma biológica china, que se busca reducir la población mundial, o teorías más inverosímiles aún, como las que sugieren que se busca cambiar el orden mundial o controlar a la población a través de chips o sensores infiltrados en las vacunas.

Es sorprendente evidenciar que el perfil de los negacionistas es muy amplio, heterogéneo y de múltiples procedencias: incluye a personas de distintos estratos socioeconómicos, de diferentes credos religiosos, de diversas posturas en el espectro político ideológico y de muy dispareja formación académica. La irracionalidad parece ser lo único que los une.

Para contrarrestar el negacionismo habría que reforzar la confianza en la ciencia, y en general, en las instituciones. Algo muy difícil en un país con una gran dependencia en lo científico, y con una frágil y derruida institucionalidad, que ha tenido una deficiente gestión en el manejo de la crisis sanitaria y solo nos da motivos para seguir desconfiando.

Como ciudadanos debemos continuar haciendo lo que está comprobado y previene el contagio: uso de barbijo en lugares públicos, desinfección frecuente de las manos y distancia social. Y, cuando nos toque, debemos vacunarnos: respetando los protocolos, sin colarnos ni saltar turnos y animar a que otros también lo hagan. El único negacionismo que deberíamos cultivar es el de decir no a la “viveza criolla”, a los “opa pícaros”, que se infiltran —sin barbijo y sin vacuna—, en las instituciones y en las colas.