La ingeniosa —y muchas veces, siniestra— máxima que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece” ha sido atribuida a diversos personajes de la historia de la humanidad: Churchill, Lincoln, Tocqueville, Orwell, incluso Maquiavelo. Sin embargo, el pensamiento pertenece a Joseph de Maistre (1753-1821) una oscura figura —consentida por la nobleza de la época—, que siempre vivió a su costilla y amparo. A principios del siglo XX, el francés André Malraux (1901-1976), la modificó, y dijo que: “…no es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.

Los gobernantes, elegidos por un sufragio universal, representan toda una serie de valores por los que la mayoría de la gente vota. Un gobierno electo es el fruto de una parte del electorado. Ellos son un reflejo de nosotros, la mayoría de los electores. Que lo que se vea reflejado en sus actos no nos guste o no queramos verlo, es otra cosa. Nosotros, quienes los elegimos, somos responsables de que ellos estén ahí.

Ahora que Marte ha vuelto a estar de moda, cada vez que me preguntan si nos merecemos los líderes que tenemos, vengo repitiendo una frase que no siempre cae bien, porque algunas verdades preferimos ocultar o no asumirlas: los actores políticos no son marcianos. Son nuestros vecinos, nuestros familiares, compañeros de colegio o universidad, amigos de barrio, gente como nosotros. Gente que se parece mucho a nosotros, con todo lo bueno y lo malo que eso significa. Reflejan la realidad de una mayoría (así lo establece la democracia), y esa mayoría los elige y se identifica con ellos.

¿De dónde queremos sacar autoridades diferentes de las actuales o de las que han estado gobernando todo este tiempo?, ¿podemos hacer como en el fútbol y traer un goleador de otro país?, ¿de dónde provienen los candidatos —algunos de ellos, “figuritas repetidas”—, que se han presentado en esta elección?

Esa relatividad de los principios y la ética de nuestros políticos: “le meten nomás, después los abogados arreglan”, ¿acaso no es la misma que la del ciudadano que estaciona en doble fila, sin importarle que otros se perjudiquen; que se pasa el semáforo en rojo, y si alguien le reclama, lo insulta; que no paga o encuentra modos de evadir impuestos, pero es el primero en reclamar servicios de salud o educación gratuitos; que aunque haya ordenadas filas, buscará a alguien que le permita saltarlas (lo estamos viendo con las vacunas); que arroja basura en la calle, y después se queja de la suciedad de los canales, donde acaban sus porquerías; y un largo e interminable etcétera? Todos los ciudadanos, en alguna medida, formamos parte de una aparente e inofensiva podredumbre, que se ha vuelto un estilo de vida. Dejar de negarlo, sería un primer paso para cambiar.

Con el ácido humor de los irlandeses, y su fama de polemista, George Bernard Shaw dijo: «la democracia es la forma de gobierno en la cual los gobernantes no pueden ser mejor que los gobernados». Me voy a atrever a discrepar con Shaw. La democracia nos da derecho a elegir, pero también a corregir. Aceptar que el país, el departamento o el municipio se merecen tal o cual candidato es condenarse al conformismo. Hay que invertir recursos y esfuerzos en la educación de la población. Una educación, no enciclopédica ni memorística, sino una educación en valores y principios. Un electorado que vote conscientemente. Que esté convencido que se merece una mejor gestión pública. La educación es la única arma para una verdadera revolución.