El domingo, los candidatos municipales por la ciudad más poblada de Bolivia tuvieron un debate transmitido en televisión y redes sociales. Cinco candidatos intentaron ganarse el voto de Santa Cruz de la Sierra en un debate que tuvo más sabor a panel y cuyas propuestas y análisis parecían hablar de una ciudad distinta a la aludida. Los candidatos presentes, en su mayoría, representaban (con caras nuevas o viejas) a las mismas élites políticas que vienen malgobernando Santa Cruz hace décadas. Mientras se daba el debate, las “barras” de dos de los partidos presentes se agarraron a golpes afuera del canal televisivo, haciendo eco también de otra vieja práctica de nuestra cultura política: la violencia.

Este panorama electoral en la pugna por el poder de una de las ciudades con mayor diversidad migratoria de Bolivia da un buen vistazo de la situación política nacional. La pregunta inevitable ante esta pobreza de innovación política, sumada a los pasados años de crisis democrática en nuestro país, es: si éstas son nuestras opciones, ¿entonces ahora qué?

Los partidos políticos en nuestro país deberían ser, en el marco de la democracia participativa, las instituciones que nos permitan a nosotros, la ciudadanía, ejercer influencia directa en las decisiones de política pública. Hoy no son ni la sombra de tal idea, y prueba de ello es la poca representatividad que dan a la población, incluso a nivel municipal.

Nuestros partidos son hoy, como se evidenció en este debate, representantes de élites tan incrustadas y dependientes del gobierno que no les importa tener que hacer payasadas para asegurar votos. Tienen estructuras clientelares primordialmente masculinas y con liderazgos tan enfocados en sí mismos que no son efectivos ni para llamar a la calma a sus propios militantes, como también se evidenció cuando se enfrentaron sus seguidores afuera del debate. Tal incapacidad para liderar, incluso dentro de sus propias filas, es peligrosa hoy, cuando el espectro político se encuentra tan polarizado y agresivo.

Otro elemento lamentable evidenciado en el debate es la poca estima en la que se tiene a la inteligencia de la ciudadanía. Asombra escuchar a candidatos de partidos en el poder proponiendo proyectos extraordinarios, cuando sus partidos no han llevado a cabo los proyectos más básicos. Los cuentos de todo lo que podrían hacer quedan opacados por la realidad de lo que no han hecho.

Los discursos de amor a cualquier ciudad o comunidad del país son insignificantes si no vienen acompañados de acción. Mientras que los discursos de muchos candidatos pueden sonar “bonito”, su falta de acciones que mejoren la realidad vivida de quienes pretenden gobernar evidencia aquello que quieren tapar con maquillaje y trajes azules o blancos. Son los mismos actores viejos que nos han llevado, por omisión o acción, a la crisis democrática que hemos vivido en los últimos años.

Las muestras de esas “nuevas” caras, las mismas estructuras de antaño, también se evidencia en la incoherencia de sus respuestas con su trayectoria y las acciones de sus partido. La candidata por el MAS, quien se identificaba como feminista en el pasado, respondió de manera rotunda: “No, nosotros apostamos por la vida” cuando se le preguntó si estaba de acuerdo con el aborto. El candidato del partido Demócrata profesó planes de numerosos proyectos, nunca mencionando el tema ambiental de forma profunda. Dado que Santa Cruz como departamento y su partido en específico han sufrido tremendamente con los desastres medioambientales recientes, lo coherente habría sido que él traiga el tema a colación.

Finalmente, la candidata de SPT y actual alcaldesa interina dedicó bastante de su tiempo a atacar al candidato de UCS. La misma maña del partido masista: repartir culpas a otros en vez de asumir las propias, tan evidentes en Santa Cruz dada la pandemia. Falta innovación política, y sólo vendrá de la innovación dentro de la misma sociedad civil. ¿Ahora qué? Toca replantearnos nosotros.