Con apenas nueve años, el pequeño William Luis luce todos los días atuendos bordados con franjas doradas y lentejuelas y, al ritmo de la tradicional danza andina de las tijeras, zapatea las calles del casco histórico de Lima mientras repica entre sí dos hojas de metal a cambio de algunas monedas.

Durante jornadas de ocho horas, apenas deja de bailar para recoger del suelo el dinero que le arrojan algunos transeúntes o para buscar entre la abrumadora multitud la cómplice mirada de su hermano Claudio, de 14 años, o de su primo Ismael, de 10, quienes también danzan, mientras sus padres «venden frutas» y «lustran zapatos».

Según explicaron a Efe los chicos, hace un año que sus familias abandonaron la ciudad de Huancavelica y se trasladaron a la capital peruana. Desde entonces, y pese al avance del coronavirus, salen a ganarse el pan de cada día con esa danza típica de las comunidades quechuas de los andes peruanos.

«SINO, ¿DE QUÉ VIVO?»

Más allá de la danza, el arte callejero, en sus múltiples formas, resiste y subsiste en el centro histórico de Lima como eco del afán de resiliencia de quienes en tiempos de pandemia se encararon a la terrible disyuntiva de tener que elegir entre la enfermedad o el hambre, en un país donde el 70 % de la población activa se desempeña en sectores informales.

A pocos metros de William, el sonido del metal pierde nitidez al confundirse con los ritmos acompasados de otro altavoz. Es el de Henry Romero, un hombre invidente, de 46 años, que entona melodías de cumbia, salsa, merengue y boleros.

Desde noviembre del año pasado, Romero sale todos los días temprano de su casa, en el distrito limeño de San Martín de Porres, para instalarse en alguna esquina de las cercanías del conglomerado comercial Mesa Redonda.

Allí, canta durante ocho horas «todo tipo de géneros». Esa fue «la alternativa» que encontró para sustituir los conciertos que antes, «en situaciones normales», hacía con su grupo encima de los escenarios.

«¿Qué se puede hacer, sino? (cantar en la calle) no es un lujo, pero cubre», aseveró a Efe.

En cambio, para el artista pavimental César Ricardo Guevara, lo que gana en las calurosas y prolongadas jornadas sobre el asfalto «apenas llega para un plato de comida».

«Ahora (con la pandemia) ya no se gana», pues «es muy difícil que la gente te dé al menos una moneda», lamentó el joven, de 30 años y natural de la ciudad amazónica de Iquitos, quien hace más de una década que pinta minuciosos retratos con tiza en los suelos del centro histórico de la capital peruana.

A pesar de tener un cierto «miedo» a infectarse del nuevo coronavirus, no hay día que Guevara se quede en casa, en el distrito de Chorrillos, donde vive con su madre y su hijo, de tres años.

«Tuve que venir porque tengo que pagar y seguir adelante. Sino, ¿de qué vivo?», espetó.

MALABARES POR MONEDAS

La aglomeración de comerciantes y compradores que se esfuerzan en esquivar cajas, plásticos y carretillas en la zona peatonal de Mesa Redonda, se traduce en un caótico tráfico de vehículos en las calles que voltean ese conglomerado comercial.

En uno de los semáforos que atestiguan la estridente banda sonora de motores y bocinas, la argentina Daniela Flores, de 24 años, juega con la gravedad y varios machetes con los que distrae a los conductores a cambio de propinas.

La joven hace malabares y vende artesanía en las viejas calles del centro de Lima desde hace cinco años, cuando dejó su país natal y llegó «mochilleando» al Perú, donde acabó quedándose «un tiempo más del previsto».

«Vivo de eso, camino unas 20 o 30 cuadras al día» y «siempre con mi hija y mi perra», explicó a Efe la mujer, mientras su compañero, conocido como «El Causa», un joven con un corte mohicano y un singular tatuaje en la córnea, le cogía el relevo en la pista.

Perú ha sido uno de los epicentros mundiales de la pandemia y es uno de los países con la tasa de mortalidad más alta por coronavirus en proporción a su población.

Ahora, mientras espera la llegada de las primeras vacunas procedentes del laboratorio chino Sinopharm, prevista para finales de enero, el país sudamericano se encuentra en la etapa inicial de la segunda ola de contagios del SARS-CoV-2, que ya ha dejado más de 1.078.675 casos confirmados y cerca de 39.160 fallecidos, según cifras oficiales.

Al drama sanitario se añade el descalabro económico, que ha dejado a millones de familias en una grave situación y las empresas sin negocios ni recursos para afrontar la situación, ante un Estado que además cuenta con pocos recursos para poder aliviar la situación.